domingo, 30 de mayo de 2010

La revelación del Hijo


Oración para el Domingo 6 de junio de 2010
Décimo Domingo Ordinario.
Y a mí el Padre, ¿me ha revelado ya al Hijo?
Primer Momento:
Tranquilizarme, pacificarme.  Tomarme el tiempo necesario para dejar a un lado los problemas.  Los problemas ahí están, la oración no los eliminará ni me aislará o evitará vivir las cosas que la misma vida trae consigo, pero la oración si puede ayudarme a ver los problemas con otros ojos, desde otra perspectiva, la de mi Señor.
Entrar en oración es como cuando éramos niños y estábamos solos en algún sitio, llenos de miedo.  Entrar en oración es como cuando en ese momento alcanzábamos a ver a nuestro papá o a nuestra mamá acercándose a nosotros.  Esa misma sensación de alegría, paz y tranquilidad es la misma que nos regala el Señor con su presencia.
Si soy capaz de dedicarle tiempo a muchas cosas, también puedo ser capaz de dedicarme este tiempo a mí misma y a mi Señor, insisto, no para huir del mundo, sino para estar en él de otro modo, con la actitud de Jesús.
Así pues, démonos este tiempo.  Respiremos profundamente, sintamos cómo el aire pasa por nuestra nariz, por la tráquea, cómo llena los pulmones y del mismo modo, sintamos cómo nos vamos vaciando de él.
Cuando alcance el silencio interior, podré así encontrar la voz de mi Señor en mí mismo(a).
Segundo Momento: Oración Preparatoria:
San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, nos invita a que iniciemos cada contemplación o reflexión que vayamos a hacer, con una oración preparatoria, que siempre es la misma:
“Te pido tu gracia Dios, mi Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones se ordenen puramente para el servicio y alabanza de tu divina majestad.”
Es decir que le estamos pidiendo al Señor que nos alcance su gracia, que nos de el favor, es una actitud de humildad de quien se reconoce incompleto, pequeño, de quien se reconoce incapaz por sí mismo de hacer o alcanzar algo.  Le pedimos ésto al Señor para que todas nuestras intenciones, es decir, todo lo que pensemos o deseemos; todas nuestras acciones, o sea, todo lo que hagamos y todas nuestras operaciones, es decir nuestros modos y actitudes de llevar a cabo las cosas; en una palabra nuestro modo de pensar y proceder.  Se ordene puramente, que sea recto, bien intencionado, que se ordene en función del Señor, en torno a Él y no a nosotros.  Para el servicio y alabanza de su divina majestad; es decir que nuestras intenciones, acciones y operaciones sean para el servicio de la obra del Señor y no para nuestro propio servicio; para alabanza, para agradecimiento del Señor y no para alabarnos a nosotros mismos o a alguien más.
¿Qué le pedimos entonces al Señor en esta oración? Su gracia para que nuestra persona entera se ordene en torno a Él para servirle y agradecerle en todo.
Tercer Momento: Composición Viendo El Lugar:
Se trata aquí de ver con la vista de la imaginación el lugar, las personas, las características del sitio donde se lleva a cabo la escena del Evangelio.  Se trata de captar con la mayor atención posible, con nuestros sentidos bien aguzados todos los detalles del lugar donde se lleva a cabo el Evangelio.
Esta oración, si así lo deseas, llévala a cabo en un templo.
De la Carta del apóstol Pablo a los Gálatas 1, 11-19.
Hermanos: Les hago saber que el Evangelio que he predicado, no proviene de los hombres, pues no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.
Ciertamente ustedes han oído hablar de mi conducta anterior en el judaísmo, cuando yo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios, tratando de destruirla; deben saber que me distinguía en el judaísmo, entre los jóvenes de mi pueblo y de mi edad, porque los superaba en el celo por las tradiciones paternas.
Pero Dios me había elegido desde el seno de mi madre, y por su gracia me llamó.  Un día quiso revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos.  Inmediatamente, sin solicitar ningún consejo humano y sin ir siquiera a Jerusalén para ver a los apóstoles anteriores a mí, me trasladé a Arabia y después regresé a Damasco.  Al cabo de tres años fui a Jerusalén, para ver a Pedro y estuve con él quince días.  No vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el pariente del Señor.
Palabra del Señor
Cuarto Momento: Fruto A Pedir:
Pidamos al Espíritu Señor que nos revele a Su Hijo y que el Hijo a su vez nos revele nuestra misión.
Quinto Momento: Puntos:
En esta parte de la oración, tal vez volvamos a recorrer el camino ya efectuado, tal vez volvamos a contemplar o a meditar la escena; pero se trata ahora de poner especial atención en aquello que más nos movió durante la contemplación o la reflexión, porque ahí el Señor se está manifestando y algo nos está diciendo ahora, a algo nos está invitando al movernos interiormente.  Algo percibe nuestro cuerpo que se mueve interiormente.
Para esta oración, propongo los siguientes puntos; pero, como ya he mencionado, éstos tienen más que ver conmigo y con mi forma de mirar y sentir que con los que cada uno pudo haber sentido.  Se trata entonces de que la oración “refleje” algo de mí, que “ilumine” algo que no podía ver de mi persona, de mis intenciones, de mis acciones y de mis operaciones, de mi modo de sentir y de actuar.  Por que al momento en que trato de ver las cosas como Jesús las veía, se ilumina el contraste que hay entre El y yo.  No para desanimarme, sino para invitarme a seguirle y a amar como Él ama.
¿Cuál era la conducta que tenía hacia la Iglesia antes de que estallaran todos los casos de pederastia?
¿Cuál está siendo mi conducta hacia la Iglesia después de conocer estos casos de pederastia?
Pablo era distinguido en el judaísmo, a mí ¿cómo me distinguen a mí en la Iglesia, cómo me distingo?, ¿me distinguen, me distingo por algo?
De acuerdo al Concilio Vaticano II la Iglesia es el Pueblo de Dios, ¿sigo creyendo que la Iglesia es sólo la Jerarquía (religiosas, religiosos, curas, obispos y papa)?
Cualesquiera que sea mi posición dentro de la Iglesia:
            ¿Me ha revelado el Padre a su Hijo?, ¿quiero que me lo revele?, ¿se lo he pedido?
Si el Hijo ya me ha sido revelado (tal como a Pablo), ¿qué invitación me ha hecho (tal como a Pablo)?
Pablo presenta dos actitudes totalmente diferentes y el cambio de actitud se presenta cuando el Padre le revela al Hijo.  Con ello Pablo cambia su actitud, su postura ante la Iglesia de Dios, de perseguidor se convierte al más ferviente evangelizador.
¡Qué raro, no! En un mundo que clama pro congruencia, que exige la congruencia; en un mundo donde pareciese que nadie puede cambiar de opinión por que esto se ve como una contradicción, porque si no inmediatamente sale en las noticias y decimos que se desdijo.  En un mundo así, Pablo, nos muestra lo que le pasa al hombre cuando le es revelado el Hijo:
“SE CONVIERTE”
y, al convertirse, forzosamente cambia su estilo de vida, cambian sus actitudes, cambia su visión de la vida misma.
Hoy el papa nos ha dicho que la Iglesia sufre por sus pecados, especialmente por la falta de claridad y sinceridad de la Jerarquía.  Pero yo creo que también sufre por la actitud que el Pueblo de Dios tiene hacia ella, hacia la Iglesia misma que es él.  Sí, es una Iglesia pecadora, es una Jerarquía pecadora, los religiosos somos personas pecadoras, y el Pueblo de Dios también es pecador.
Pero, tal vez, ha comenzado un proceso de conversión.  ¿Cuándo habíamos escuchado a un papa que aceptara de esa manera la condición pecadora de la Jerarquía?, pero bien…
¿Cuáles son también los signos de conversión del Pueblo de Dios?, ¿cuáles son mis propios signos de conversión?
PORQUE, SI A MÍ EL PADRE ME HA REVELADO AL HIJO:
Es propio de ésto un cambio de actitud, aun y cuando yo parezca y aparezca como incongruente con mi pasado.  Incongruente de acuerdo a quién y cómo me venía desempeñando en la vida, pero congruente con el Evangelio, con la invitación de Jesús.
La revelación viene acompañada con una invitación al servicio, ¿cuál es mi invitación?, ¿a dónde y a quiénes estoy invitado a servir?
Si tu invitación es a convertirte en un crítico de la Iglesia, pues ¡enhorabuena! a desempeñar ese trabajo con fidelidad y congruencia, pero, ¿cómo te cercioraste que fuera tu verdadera invitación?  Checa el estado de ánimo que esta invitación te provoca: Si el tratar de ejecutar esta tarea te da paz, tranquilidad, si este trabajo te incrementa la fe, la esperanza y el amor (como lo propone S. Ignacio de Loyola), pues adelante que la invitación puede ser del Señor; pero si te produce todo lo contrario, pues a seguir orando y pidiéndole al Padre que te revele al Hijo para que Éste te invite a su misión.
Ahora bien, me guste o no pertenezco a esta Iglesia que es pecadora, y Jesús me invita a trabajar en ella ¿cómo me siento yo ante esta Iglesia pecadora?
El papa ha comenzado a pedir perdón por los pecados de la Iglesia:
¿Me basta esta petición de perdón o quiero todavía más, espero todavía más?, ¿qué es eso más que quiero y que espero?
Eso que quiero extra, ¿por qué lo quiero? Y si lo obtuviera, ¿sería todo o todavía quedría más?
No creo que se trate de no criticar a la Iglesia, al contrario, nos damos cuenta con todos estos problemas que nos ha faltado crítica (como Jerarquía) y autocrítica (como Pueblo de Dios), pero creo que también se trata de CONVERTIRNOS, de un cambio interior tan fuerte provocado por la revelación que el Padre nos hace del Hijo, de un movimiento interior tan estremecedor que hasta nos haga parecer incongruentes con nosotros mismos, hacia los que nos conocer, pero que nos haga totalmente congruentes con el Evangelio del Señor Jesús.
Insisto, estos son mis puntos propuestos, habrá alguien que le haya llamado más la atención alguna otra parte de la lectura y en ella se podrá abocar y ahí podrá profundizar.  No es necesario que se hagan todas las preguntas sino sólo aquellas que muevan el interior.
Sexto Momento: Coloquio:
Termino mi oración con un coloquio (una plática) con el Padre y con el Hijo.  Es un coloquio, no un monólogo, es decir, que debo dejar hablar a ambos, reconocer lo que Ellos quiere decirme con todo ésto que me mostró en la oración.  Se trata también de agradecer lo que en ella me ha regalado.
Platico con el Padre y le pido que me revele a su Hijo, que me lo muestre y que me lleve a Él.  Cuando el Padre me haya revelado al Hijo, platico con Éste, le expongo mis deseos, mis dudas, mis incertidumbres acerca de lo que oré, acerca de la Iglesia y le pido que pueda ver a lo que Él me invita en ella, lo dejo hablar y lo escucho.
Séptimo Momento: Examen De La Oración:
Este momento consiste en revisar cómo fue nuestra oración, qué fruto pedimos y cuál nos regaló el Señor.  Qué me ayudó en la oración y porqué no pude entrar en ella.  Se toma nota y se comparte con el grupo.
Si gustas, puedes repetir la oración y profundizar aún más en los frutos que el Señor quiere regalarte.

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